Desde la central camionera

“Los Estados Unidos es una maravilla” me dijo una señora después de que había apoyado a ella y sus hijos con información sobre los camiones desde Arizona a Florida, comida caliente y botanas para el viaje y suéteres y una cubija para no tener frío en el aire de los autobuses. En aquel momento, pensé en las comunidades que han hecho o harán leyes para mantener afuera a ella y sus hijos. Pensé en los manifestantes que están cerrando el paso de los camiones que llevan a menores no-acompañados o mamás y sus hijos. Cuando vi su cara de alegría y alivio por la bienvenida que le habíamos dado, esperaba que no supiera lo que dice la gente y los medios de ella y que no encontrara a personas que le darían una recepción muy diferente.

Porque resulta que ella es parte de una de las polémicas más politizadas de migración en este año: el aumento en el número de mujeres y niños centroamericanos en la frontera sur de los Estados Unidos. La conocí y también conocí a otras mujeres y sus hijos en situaciones semejantes en la central camionera de Greyhound en Tucson. Allá yo y otros voluntarios participamos en un esfuerzo comunitario para recibir a los centroamericanos que han sido puestos en libertad después de un tiempo de detención. Les apoyamos para que se fueran a encontrarse con sus familiares en otros partes del país y pelear su caso migratorio. Les brindamos ropa, comida e información sobre su viaje en autobús. Un representante del consulado de Guatemala les ayudó con explicaciones del proceso de inmigración, como pueden encontrar un abogado y cuando deben presentarse en la corte.

Estando en la central camionera era, de manera extraña, semejante a mi tiempo en la Iniciativa Kino para la Frontera apoyando a migrantes recién deportados. Las mujeres y niños llegaron agotados después de días sin descanso por las luces y el aire de los centros de detención. Llegaron con hambre por la falta de comida en su viaje y también en detención. Parecido a los recién deportados, llegaron desorientados y confundidos sobre su situación y los próximos pasos. Y, como en Nogales, estaban sorprendidos que había gente de Estados Unidos para apoyarlos y recibirlos.

Estando en la central camionera de Greyhound me hizo recordar que mi estancia en Kino era un tiempo para dejar a un lado mis esperanzas para cambio estructural. Más bien, estando allá me presentó con el reto de sencillamente y con mucho amor dar una bienvenida a quien sea que llegue a la puerta. La situación actual me pone y nos pone como estadounidenses un reto parecido. Seguramente tenemos que hacer incidencia. Pero sin importar nuestra participación política, a nivel personal la realidad hoy en día nos debe recordar de dar la bienvenida y amar. Muchos individuos y organizaciones han tomado esta manera de responder ante la situación. Pero muchos de nosotros nunca nos encontráramos con individuos que son directamente parte de esta polémica. Al final de cuentas, aunque sea centroamericanos o nuestros vecinos inmigrantes o alguien que vemos en la tienda, todos podemos dar la bienvenida y amar a nuestros prójimos.

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