Key-alazón-lù [Versión en español]

En zapoteco, key-alazón-lù significa a la vez “te quiero” y “te extraño.” Me acordé de esa frase (que una hermana de Oaxaca me enseñó) la semana pasada mientras me despedía de amigos, familias y comunidades en Puebla.

Parece que uno no puede amar sin extrañar. Cuando nosotros o nuestros amigos se van hay que soltar a nuestros seres queridos y estar agradecidos por su influencia en nuestras vidas y las experiencias que hemos compartido.

Varias veces he escrito de las familias divididas por la frontera pero muy poco está escrito sobre las amistades divididas por fronteras. Migrantes de retorno en México suelen contarme de sus amigos que conocieron en EUA y que ahora extrañan. Los amigos que les dieron la bienvenida cuando llegaron allá. Su compañero con quien compartía un cuarto chiquito en NY. Sus amigos del equipo de fútbol. Sus amigos del trabajo. Nombran todos los países de origen de sus amigos: India, China, El Salvador, Italia y otros. Hablan de lo que aprendieron de esas amistades y sus perspectivas diferentes. Por el hecho de haber compartido muchas experiencias en EUA, sus amigos entienden parte de su vida en una forma más completa que sus familiares y vecinos en México. Conforme en que vayan pasando los años, se pierden contacto pero siguen recordando a esos amigos y los siguen queriendo y extrañando.

Puedo entender, en parte, sus emociones. En mis dos meses en Puebla me sorprendió que en muy poquito tiempo unas personas y familias me hicieran sentir en casa a pesar de mi soledad. Disfruté mis visitas a una familia donde las niñas me seguían y siempre estaban hablando para contarme un hecho o preguntar algo. Aprecié los momentos cuando hablaba de muchos temas con una señora de la comunidad mientras nos sentábamos afuera para ver la puesta del sol. Gocé las fiestas o comidas a las cuales me invitaron. Las familias que conocí en Puebla son parte de mi vida, una parte que no existe ni se puede entender completamente en otro contexto. Los quiero y los extraño.

Cómo seres humanos nos hemos sentido así por milenios. Me acuerdo de las cartas de San Pablo en el Nuevo Testamento. Siempre mandaba sus saludos a amigos que vivían en muchas partes. Mientras viajaba de lugar a lugar en sus misiones, conoció a muchas personas y convivía con ellos. Los quería y los extrañaba.

Cada uno de mis amigos me ha acompañado en maneras diferentes. Ahora que se acerca el 14 de febrero, lo cual se conoce en México como el día de amor y amistad, estoy agradecida por mis amigos que viven en todas partes del mundo. Los extraño y los quiero. Y estoy agradecida por las nuevas amistades que encuentro en cada paso de mi viaje.

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